La cara de la fantasía de ayer (I): Ilustración romántica y victoriana. Grabados.

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Ilustración de 1864 de “Edgar Poe y sus obras”, por Yann Dargent. Wikimedia Commons

La primera vez que leí a Edgar Allan Poe en condiciones fue hace unos diez años. De entre lo primero que leí (El Gato Negro, Manuscrito hallado en una Botella, Un Descenso en el Maelstrom …), lo que más loco me dejó fue la narración de Arthur Gordon Pym. Concretamente por el final de la novela, pero esa sensación no hubiera sido posible sin la ilustración que encabeza esta entrada.

Esa sensación… no sé describirla bien. Me viene a la cabeza otherworldliness, del inglés. Es una mezcla de varias cosas: por un lado desolación, por otro un amilanamiento, un terror por no comprender. Por ser una especie de náufrago, y estar perdido. Pero también es una sensación de escala, de ser diminuto y tener el privilegio de atestiguar y maravillarse ante el espectáculo de encontrar, en los confines del mundo, una catarata blanca que se extiende hacia el cielo, de la cual emerge una figura colosal envuelta en velos, que a todas luces no debería de estar ahí sabiendo lo que sabemos del mundo, y que grita algo incomprensible.

No creo que este efecto se hubiera conseguido igual con otro tipo de apoyo visual. Hasta cierto punto, los grabados me transmiten mayor realismo que lo que estamos acostumbrados a ver hoy día en las películas con efectos especiales. Quizás sea el cuidado a los detalles, los juegos de luces y el trabajo de perspectiva, inevitables un medio así. Ese “orden”, esa sensación de encontrar algo allá donde mires, evocan realidad a pesar de los límites del formato. (¿Quizás es algo compartido con la fotografía binaria como la Game Boy Camera, o con el Pixel Art? Pero vaya, me voy por las ramas.)

El caso que esta técnica consiste en grabados de madera, o cobre, normalmente de líneas del mismo grosor, que se empapan en tinta y se prensa con ellos, como si fuera un sello. El resultado es un negativo del grabado: donde hayas tallado madera, por diferencia de altura, no se entintará, y viceversa. Aunque la ilustración resultante admita color, ya en papel, el trabajo original es binario: o tinta, o no-tinta. Esto siginifica que todos los detalles derivados de usar más tonos, como texturas, transparencias, luces, perspectiva, etcétera, tienen que ser ingeniados usando técnicas como líneas paralelas de distinto espaciados y en distintos ángulos (plumeado), o por punteados (puntillismo). Todo un arte en sí.

¿Por qué empiezo con los grabados del siglo XIX? Porque son relativamente recientes y cercanos a nuestra época tanto temporalmente como culturalmente, y porque coincidieron en el tiempo con un boom cultural: el nacimiento de la novela y las publicaciones periódicas. La modernización de la imprenta y la revolución industrial puso la novela en las casas de todo el mundo en Europa, en especial en Reino Unido. Y parte de este movimiento cultural fue el romanticismo y la novela gótica o victoriana, que trataban bastante los temas fantásticos. En bastante medida, debemos nuestra “cultura de fantasía” a los movimientos de aquella época. Pues bien, si la imprenta permitió la diseminación masiva de la palabra escrita, los grabados hicieron lo propio con la publicación de imágenes. Un mismo molde permitía ser impreso en muchísimas copias, lo cual probablemente también ayudó a poblar el imaginario colectivo.

Imaginario que era rico y diverso en sus raíces como el Romanticismo, un movimiento cultural que bebía de neoclasicismo y toda una batería de sentimientos de contrarrespuesta a muchas cosas: una vuelta a lo natural (a modo de desdén por un apogeo de la Revolución Industrial), a las raíces del pasado; una importancia a los sentimientos y a nuestro interior. Una búsqueda de conexión con lo mítico y fantástico. Esto, junto con los temas de la novela gótica (fantasmas, apariciones, etcétera), las traducciones de clásicos y las recolecciones de cuentos, los avances científicos (la paleontología y la teoría de la evolución, que pusieron en entredicho la creencia de un mundo bíblico de pocos miles de años de antigüedad así como de la Religión en sí), y con las épocas de exploración suboproducto del colonialismo, fueron claves en el tipo de ficción que se creaba y consumía: una mezcla de fervor por lo desconocido, tanto pasado como futuro, tanto positivo como negativo, motivada por una crisis de valores. Y asimismo es crítico para entender que nuestra concepción de la Fantasía comienza a dar sus primeros pasos, en una forma claramente reconocible para nuestros ojos de siglo XX-XXI, en esta época.

Bueno, pues vamos al lío.

John Martin

Tras su explosión en popularidad con sus pinturas colosales de escenas mitológicas y sublimes, dignas de comentar en otra ocasión, el inglés John Martin (1789-1854) hizo contactos con un gran número de celebridades de su tiempo. Estos incluían al matrimonio de William Godwin y Mary Wollstonecraft (los padres de Mary Shelley, autora de Frankenstein), o el famoso naturalista Georges Cuvier, considerado uno de los padres de la paleontología. De este último probablemente sacó inspiración y material par algunos de sus trabajos. Grata fue mi sorpresa el otro día cuando supe que éste señor, cuyo trabajo en pintura ya admiraba, fue el autor de otra imagen que me impacto muchísimo, en este caso cuando era pequeño: el Caos prehistórico.

Esta ilustración, portada de un libro del 1840 titulado El Libro de los Grandes Dragones Marinos, es una de esas imágenes a las que me refería como “Se sienten reales”: la silueta recortada del cuerpo sinuoso que serpentea a la luz de la luna es suficiente para pensar en el frío del mar en noche cerrada, y la inquietud de cuántas otras criaturas se retorcerán bajo el agua. Los ojos reflectantes llenos de inclemencia en los bichos éstos, tanto los que se están matando entre sí como los pterodáctilos que devoran al que yace en la orilla. El sentido del del vaivén de las olas en movimiento, con una fuerza incombatible. La oscuridad, el frío, y lo desconocido. Crueldad en el sentido más natural y alejado de cualquier moralidad humana.

J.J. Grandville

Si bien J.J. Grandville (1803-1847) no sigue el patrón exacto de grabados que une a los otros tres, es imposible no mencionarle por las influencias que supuso a otros ilustradores. Grandville fue importante ilustrando la política y actualidad de su tiempo con caricaturas, casi siempre de forma satírica y con humor. En sus trabajos abundan animalitos y otras criaturas como plantas antropomórficas, que hicieron las delicias de la imaginación de otros tantos artistas posteriores (como el propio Walt Disney o Gustave Doré, más abajo).

Un Eclipse Conyugal, de JJ Grandville. Wikimedia Commons.
Sueño de Crimen y Castigo, por JJ Grandville. Wikimedia Commons.
Nenúfar, de Las Flores Animadas (Les Fleurs Animées). Por JJ Grandville. Wikimedia Commons.

Yan’ Dargent

Yan’ Dargent (1824-1899), ilustrador francés, es el autor de la ilustración que encabeza esta entrada. Fue “ingeniero” de formación y autodidacta en pintura e ilustración. Trabajó ilustrando numerosos libros y revistas y por encargos, y fue extremadamente prolífico. conocido también por su trabajo en pintura, como “Les Lavandières de la nuit” de corte claramente fantástico, o sus trabajos para la Iglesia en la catedral de Quimper. De ilustraciones fantásticas, conozco sus trabajos ilustrando Arthur Gordon Pym y otros trabajos de Edgar Allan Poe, así como cuentos de Hand Christian Andersen. Fue amigo y rival de Gustave Doré, descrito a continuación, y probablemente se influyeron mutuamente.

Le Spectre du Marais, por Yan’ Dargent. Wikimedia Commons.

Gustave Doré

Qué mas se puede decir de Doré? Quizás lsea la persona central sobre la que conectan y vertebran el resto de los recogidos aquí. Nacido en Francia (1834-1883), demostró un don para el dibujo desde temprana edad. Igual que Dargent, fue extremadamente prolífico y sus trabajos han sido reproducidos y re-editados hasta nuestros días. Se dice que Doré es el principal responsable de que nos imaginemos la Divina Comedia como nos la imaginamos, así como a Satán y otras figuras de la mitología cristiana (por sus trabajos para ilustrar ediciones de la Biblia, o sus grabados de Paradise Lost, por John Milton).

Ilustración de Paradise Lost, por Gustave Doré.
Ilustración de la Divina Comedia por Gustave Doré.
Ilustración de Don Quijote, por Gustave Doré.

También ilustró obras como The Tempest de Shakespeare, o Don Quijote, y de sus concepciones de Quijote y Sancho también se dice que asentaron las bases visuales de los mismos en versiones posteriores. Doré bebió de Grandville (entre otros caricaturistas), Dargent (y probablemente también de Martin), y a su vez sus influencias se extienden hasta nuestros días (los hay que lo conectan incluso a mangas como Berserk).

Apunte final

Creo que ha sido bueno empezar por aquí. Algunos de estos artistas son conocidos por otros trabajos, que tienen que ver menos con los grabados pero que son igual de relevantes en el romanticismo y la fantasía gótica. Algunos se conocían entre sí, se influyeron mutuamente, e influirían a generaciones venideras. E igualmente, estos nombres hacen de buen punto de partida para conocer a otr@s artistas de la época o de la técnica. En la próxima entrada hablaré de otros movimientos artísticos importantes y de algunos de sus exponentes que hicieron lo propio por ponerle cara a la fantasía.

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