El libro verde

Todo esto me ocurrió en un sueño, la madrugada del 20 de junio. En una de esas raras veces que se consigue dormir profundo a pesar del calor de la noche.

En una estantería vieja de esta casa a la que me mudé hace pocos meses, encontré un libro verde, pequeño y desgastado, muy adolido por los años, impreso en los cincuenta o sesenta y que hablaba de mapas y de historias de las que ya no se acuerda nadie.

Contaba una historia que era todas las historias y a la vez era una sola. Una historia hecha por retales de diálogos donde entreveíamos a los miembros de una familia desperdigados por los años en un viaje desde la costa levantina peninsular a las Baleares, el sur de Francia, y más sitios, aunque Italia y Grecia «ya» no existían ya que por algun motivo quedó vaciado el mar de sus presencias y solo a veces se le reaparecían a algunos, hechos como de aire y de recuerdos vividos por otros. Y luego algo mas adentro, después de una pausa inconexa (como si faltara algo) la historia continuaba por Europa del este llegando al mar negro y acabando a las orillas de un río, aunque esta parte la recuerdo menos clara.

Llegando al final del libro, alguien (el narrador a quien no conocemos) acababa diciendo que recordaba detalles de todos los personajes de la historia en la mujer de la que se enamoró, detalles muy concretos como el color de los ojos de una, el timbre de voz de otra, el deje de un acento de otro, la forma del vuelo que hacía la falda del vestido como el de aquella otra, el cabello castaño de textura rebelde, la piel como bañada siempre por el sol. Todos detalles mencionados en distintos momentos de la historia como partes de distintas vidas que a veces ni se tocaron. Y que ya no sabe si se enamoró de ella por sí misma o si fue porque en ella recordaba lo poco que quedaba de un pasado que fue importantísimo.

Seducido por el misterio de desenmarañar la continuidad, y a falta de todo el contenido de la obra que apenas se intuía (bien por pérdida o por diseño), me vi obligado a deshacer la ilusión de que ficción y realidad no son una misma cosa, de que aquella crónica no era más imprecisa que nuestros tomos de historia más minuciosos. O quizá no fue algo proactivo, porque recuerdo que entendí que el tiempo y un río fluyen porque son la misma cosa, y que me dejé llevar ante la revelación de que el único camino correcto es el que marca la corriente, que en este caso urgía la fusión del pasado real con el pasado de estas páginas, como para traerlo a la realidad. Y fue en esa mezcla, en esa cirugía de atridas y normandos, en ese esqueje de mi ser en el del narrador, que me supe encontrar en la niebla y con ello supe ubicar los nombres y las caras y las vidas de todos los personajes, que ahora veía juntos en una misma estancia, bajo una bóveda.

Fue ahí cuando lloré; lloré de pena y también por empatía, cuando caí en la cuenta que los hombres y las mujeres de esa historia hacían un continuo de sucesiones de generaciones que abarcaban deade todos los mitos de la creacion de la cuenca mediterránea hasta nuestros días en la época de entrreguerras. Era una historia cuyo encanto era la mayor reprimenda de por qué no se tendría que haber olvidado. Eran las cartas de una madre (todas las criaturas que habían sido madres, desde las bestias antes de la llegada del ser humano hasta las emperatrices en destierro) a su hija (todas las hijas), era el arrepentmiento de quienes fueron jóvenes a la guerra y la culpa de quienes volvieron viejos por lo que hicieron alli, eran plegarias a dioses que nunca respondian porque ellos mismos sabian que nunca existieron. Eran el olvido y el recuerdo entretejidos en el tiempo turnándose para ver cuál de los dos hacía más estragos. Eran las lagunas donde ya no había nada, como las que se formarían años después en los huecos que dejaron las bombas, pero que se sabían habían contenido inmensidades. Eran frases repetidas en bocas de descendientes y enemigos a lo largo de los siglos.

En cierto modo era una carta donde el autor del libro, fuese quien fuese, se sinceraba consigo mismo por amar, perdonar, y finalmente añorar a toda la humanidad completa.

Y todo estaba contenido entre ese librito y dos mapas que originalmente fueron tres pero que encajaban a la perfeccción aunque ya no había rastro de que había existido el de enmedio.

Lo perdí al siguiente otoño, cuando me desperté.


Yo no había escrito nunca así. Es verdad que he tenido un sueño muy parecido a esto, pero he añadido detalles. Ni escondo ni pretendo ignorar que “la culpa” de escribir esto ahora viene de haber estado leyendo las ficciones de Borges, la novela “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, y haber recordado en ésta algunas cosas de cuando me marcó tantísimo Cien Años de Soledad de García Márquez. Es bastante seguro que lo siga editando y cambiándole cosas después de ponerlo aquí.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *