Para mí.

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Para mí.

Para recordar por qué estoy aquí. Por qué he hecho todo lo que he hecho. Por qué debo de seguir en pie; luchando, sin pensar en renunciar ni lo más mínimo. He llegado a un punto de esta travesía en el que, a ojos de muchos, ha quedado claro lo que valgo. Sólo unos pocos consiguen llegar al final de estas etapas, y ha sido posible gracias a todo mi trabajo. Mi. Trabajo.

Nueve horas. O diez. O incluso más. Día tras día. Trabajando. Cogiendo el metro. Volviendo en metro. En el lab, haciendo experimentos. Y cuando no, leyendo bibliografía. Y de vuelta en el metro, siempre leyendo algo. Un libro de ensayos. Una biografía, Una novela. Siempre con la sensación de que, no es que nunca sea suficiente, si no que siempre se puede llegar más lejos. Y siempre con la sensación de que todo cuenta.

Es inevitable darse cuenta de las caras que ponen algunos cuando les cuento esto. O lo que dicen después. Agradezco mucho el respeto que muestran hacia mi trabajo. Pero no es eso lo que pido siquiera. Pido un poco de entusiasmo y de empatía. Y sólo de vez en cuando.

Pero ni siquiera eso importa. No importa que te puedan llegar a ver como un matao que no sabe disfrutar. No tiene nada que ver con eso. En el fondo disfruto de mis cosas, igual no son las mismas que las del resto. No importa que en el fondo mucha gente, por muchos ánimos que te puedan querer transmitir, apenas comprenden la trascendencia que para ti tiene estar donde estás. No importa que algunas personas te tuviesen que dejar de lado por todo esto. En el fondo, muy en el fondo, no, al final todo eso no importa nada. Lo único que importa es esa sensación indescriptible cuando algo en mi cabeza hace “click” cuando, en la mitad de la discusión de un paper, recuerdo otro escrito diez años antes que hablaba de otra cosa, y empiezo a hacer conexiones. O cuando empiezo a interpretar una metodología conforme la leo y conforme me doy cuenta de que se puede adaptar a nuestros organismos de trabajo. O cuando empatizo con la sensación que describe más de una celebridad en sus biografías al hablar de lo imposible que les resulta el concepto de “fracaso”, en el más humilde de los intentos de poner en palabras algo que lleva toda una vida por conocer. O con los criterios de selección de candidatos para la fundación Ashoka, pronunciados por un siempre en la sombra Bill Drayton en cada uno de los meetings con un comité de selección. O cuando Ernst Mayr hace un repaso formidable por las corrientes de pensamiento a lo largo de los siglos en lo que a la biología respecta y te sientes, de pronto, más seguro de ti mismo al ver que muchas de las cosas que tú piensas ya rondaban en las mentes privilegiadas de gente que pasó a la posteridad.

Lo único que importa es aquello a lo que tú mismo estés dispuesto a darle importancia.

En esta carrera, de forma inevitable, hay momentos en los que te ponen un valor. Un precio. Una etiqueta de acuerdo a qué piensan de ti. Si lo consigues, todo tu camino cobra un valor indescriptible al quedar definido como causa directa del veredicto positivo. Si no, y aquí viene lo importante, has de entender que no significa que no haya sido de utilidad todo lo que hayas hecho. El trabajo está hecho, está ahí. Se le puede seguir sacando partido, se puede seguir engrosando dicho trabajo. Y para entonces, si has sido capaz de partirte la cara hasta ese extremo, siempre te habrás ocupado de tener un plan B, C, D o E bajo la manga. Si has hecho todo eso, es porque lo que de verdad te importa es el proyecto en sí, y no la forma de la que puedas hacerlo.

En mi caso, espero que así sea. Sólo pido que, de no haber sido de utilidad para esto, al final sí tenga repercusiones y buenas consecuencias en cualquier otro desafío o prueba de los que se planteen.

Y así será, seguro.

No se trata de romanticismo. Se trata de darle un significado a tu vida, que sólo tienes una.

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