(¡Por fin me volvió la “inspiración”!)
Contra todo pronóstico estos meses he estado jugando a Animal Crossing, por segunda vez desde que lo tenemos en 2020. La primera fue mi mujer quien se hizo una isla y se hizo la mánager, la segunda fue en 2022 justo antes de irnos a UK, que hicimos borrón y me hice una yo. Hace un año pensé en retomarlo pero de algún modo mi partida había desaparecido entre cambio de consolas, y me dio muchísima pereza. Algo me hizo comenzar a jugarlo de nuevo a finales de Mayo, y aquí seguimos.
Lo que sí es una auténtica novedad es que también comencé a jugar Wild World, para DS, que conseguí encontrar en físico tiradísimo de precio hace cuatro años. Llego tardísimo a la fiesta, pero vengo para quedarme. Tengo que decir que tiene algo (o más bien, le falta tanto) que hace que me sea más fácil entrar al juego.
Me gusta que sea tan sencillo, y que haya tan poquitas cosas que hacer. Me recuerda a impresiones parecidas a las que tengo del primer Zelda: un jardín en miniatura, con cuatro cositas (el sistema de amistad y cartas, la colección + recolección, la “jardinería”, y la compraventa), y MUCHO recayendo dobre el jugador y de su imaginación.
Por ejemplo, enciendes el juego y te vas a pasear a los diez metros cuadrados de playa, en busca de conchas. Te encuentras con un personaje que te pregunta si dos se llevan bien, luego vas a casa de otro personaje y te lo encuentras malito, así que vas a la tienda a por medicina. Allí ves que Tom Nook está vendiendo petardos. Al final del día, le cuento al resto que fulanito y menganito no se aguantan porque uno intentó envenenar a la pareja del otro, y ahora está difícil encontrar medicinas porque Tom Nook se ha pasado al negocio del contrabando de pólvora. Todo esto mientras reparto naranjas en las cartas y pesco jureles del tamaño de mi cabeza. Porque ¿por qué no?
Jalando de las cosillas que me dicen los animalitos en unos diálogos dignos de Bobobo, me monto unas películas graciosísimas que luego le cuento a mi mujer (y las propago por el pueblo en forma de cartas surrealistas) y nos echamos a reír. Rara vez me ha pasado esto con New Horizons. Y hay tantas cosas que escapan a tu control, que la sensación de FOMO tiene un techo natural. En Polygon ya le hicieron una buena reseña hace no mucho.
Y dejo para el final una de las cosas que más impresión me ha causado. El apartado artístico, tanto en lo visual como en lo musical. New Horizons es hermoso, los artículos (muebles, decoración, …) son de una fidelidad indiscutible que hace de tirita de nuestra imposibilidad de tener y decorar una vivienda propia. La luz es un disparate lo bien que está hecha. Pero aún así, Wild World… la combinación de música tan sencilla, y los recursos limitados para evocar las luces, las estaciones y los momentos del día, de nuevo fuerzan la inmersión por vía de la imaginación del jugador que rellena los huecos.
Mis tres únicas críticas son que los bolsillos podrían ser algo más grandes, que los controles para equipar y rotar herramientas podrían estar mejor pulidos, y que el sistema de riego de las flores podría ser un poco más permisivo.
El Wild World toca algo dentro de mí que, nostalgia aparte, llevaba mucho tiempo dentro de mí y yo no le hacía caso.
Me pregunto cómo hubiera sido todo durante aquellos años, las tardes a la fresca y los atardeceres, si te hubiese hecho caso cuando me animabas a jugarlo.

